miércoles 31 de diciembre de 2008
DESPOJOS (novela corta, inédita) 71 [FINAL]
El forense llegó ese día a la morgue judicial, su lugar de trabajo, veinticinco minutos tarde, como siempre.
Al entrar saludó al portero, al vigilante y a la secretaria con su amabilidad y su amplia sonrisa características.
Recorrió el largo pasillo de baldosas en damero a paso vivo y más que entrar irrumpió en la sala de autopsias arrojando un estrepitoso “buen día” a quienes estaban en ella.
Había cuatro planchas de disección y en las cuatro casi siempre se trabajaba en simultaneidad. Los evisceradores llevaban a cabo el trabajo rutinario y él, recorriendo cada uno de los puestos, después de leer los informes, indicaba las prácticas y estudios de mayor especificidad. Durante la mañana se despachaban los informes de los casos ingresados durante la noche por la policía o el servicio público de emergencias. Después, a lo largo del día, se iba trabajando a libre demanda según el ritmo de llegada, que en el caso de un tiroteo o un accidente grave podía significar tres o cuatro cuerpos al mismo tiempo.
Esa mañana, el forense encontró a sus cuatro ayudantes en plena tarea. Dos de ellos ya manipulaban vísceras, el tercero estaba a punto de serruchar un esternón, y el cuarto, de pie junto a la puerta de uno de los refrigeradores, leía con atención el parte de ingreso del caso en el que estaba a punto de ponerse a trabajar.
Después de cambiarse con tranquilidad y mientras tarareaba un viejo bolero que se le había pegado al escucharlo en la radio del auto más temprano, el forense pensó en su mujer, en la discusión que habían tenido la noche anterior, y decidió que al salir le compraría un ramo de flores como gesto de reconciliación.
Cuando estuvo listo para la tarea, con el delantal y los guantes de goma ya colocados, preguntó al cuarto ayudante de qué se trataba el caso cuyo parte de ingreso acababa de leer.
– Masculino. Sesenta y cinco años. Antonio Bardi. Médico el tipo. Lo trajeron anoche. Se tiró por la ventana.
– Qué bárbaro. Bueno, dale que me quiero ir antes de las doce.
Mientras el ayudante sacaba el cuerpo de la heladera y lo arrastraba hasta la plancha, el forense aprovechó para ocuparse rápidamente de los otros casos, que no presentaban ninguna complicación particular. Tarareaba siempre la misma melodía.
[5 de diciembre de 2003 – Revisión 29 de julio de 2004]
martes 30 de diciembre de 2008
DESPOJOS (novela corta, inédita) 70
El equipo contrario avanzaba en bloque, superando en velocidad a cada una de las líneas del suyo. Era el último hombre. Eran los últimos instantes del partido. Si había un gol estaría todo perdido.
El delantero detuvo su carrera en seco y levantó la cabeza. Vio el arco libre debido al adelantamiento del arquero y sacó el tiro, no en línea recta sino en emboquillada.
Vio la pelota elevarse y trató de calcular su trayectoria. Al pasar por encima de su cabeza estaría a un metro y medio de altura, un tanto hacia la derecha.
Tomó impulso y se despegó del suelo con toda la fuerza de su cuerpo, estirando al máximo el brazo derecho con la mano abierta y los dedos como tentáculos listos para interceptar su presa.
Pudo sentir el viento en la cara pero no la pelota chocando contra su mano.
Supo entonces que era el final, lo fue sintiendo mientras iba cayendo. También pudo ir percibiendo el rumor creciente del grito que iba a estallar en la palabra gol en la boca de los simpatizantes del equipo contrario.
Ni siquiera se preocupó por acomodar el cuerpo para amortiguar el choque contra el suelo.
lunes 29 de diciembre de 2008
DESPOJOS (novela corta, inédita) 69
Se acercó a la ventana. Se mantuvo erguido tomándose con ambas manos del marco. En algunos de los departamentos las luces todavía estaban encendidas. A lo lejos se oía una sirena. Cada respiración le demandaba un esfuerzo enorme. Inclinó hacia afuera la cabeza y el torso para captar el aire fresco con mayor facilidad. Cerró los ojos y se dejó llevar por su propio peso en la misma dirección.
domingo 28 de diciembre de 2008
DESPOJOS (novela corta, inédita) 68
“Se parece al abuelo”, había dicho alguien a sus espaldas, justo en el momento en el que recibía al bebé de los brazos de Sofía.
Estaba despierto, con los ojos muy abiertos aunque sin fijar la mirada en ningún punto preciso. Tenía la cara arrugadísima y el pelo totalmente negro.
Se inclinó hasta poder darle un beso en la frente y lo devolvió enseguida a los brazos de la madre.
Sentía una opresión muy fuerte en la garganta, la que le impedía pronunciar ninguna palabra.
Besó también a Sofía en la frente a manera de despedida y salió de la habitación sin saludar al resto de las personas que estaban en ella.
viernes 26 de diciembre de 2008
DESPOJOS (novela corta, inédita) 67
Aun antes de abrir los párpados pudo adivinar la intensa luz blanca apuntándole directamente a la cara. Tuvo que parpadear varias veces hasta acostumbrarse al resplandor. Estaba tendido en una camilla, en un cubículo bastante estrecho, junto a un tubo de oxígeno, un soporte para bolsas de suero, un botiquín y un monitor de ritmo cardíaco al cual estaba conectado a través de una serie de cables que surgían de varios sensores que tenía pegados al pecho.
Justo cuando estaba intentando incorporarse se abrió la puerta del cuartucho y la cabeza de Barca asomó por detrás de la puerta. “Ya se despertó”, lo escuchó informar a quien quiera que estuviera detrás suyo.
– Barca, ¿me querés decir qué mierda está pasando?
– No te levantes, quedate acostado.
– ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy?
– Fui a tu casa y como no contestabas ni el portero ni el timbre me asusté. Además el encargado me dijo que no te veía desde hacía varios días. Entonces llamé a una ambulancia, en la que vino un policía que llamó a los bomberos para que tiraran abajo la puerta. Estabas tirado encima de la mesa ratona del living, en el medio de un charco de vómito de vaya a saber cuándo, medio ahogado, en bolas y con un tufo que para qué te voy a contar.
– ¿Rompieron la puerta?
– La cerradura nomás. Ya la hice arreglar, quedate tranquilo. Nadie va a poder entrar a robarte ninguna de tus miles de botellas vacías.
– ¿Cuánto hace que estoy acá?
– Desde la mañana. Estás en observación por coma alcohólico. Parecías muerto Antonio, te lo juro.
– Bueno, pero ahora me voy.
– Ni lo sueñes.
– Estoy bien. Me quiero ir a mi casa.
– No te pongas difícil. Además, ¿te vas a ir así, en camisolín? Te dije que estabas en bolas cuando te trajimos.
– Bueno, andá y traeme algo de ropa. Me quiero ir ya mismo.
– Sos cabeza dura, eh.
– Andá, dále. Apurate.
– Está bien, pero quedate piola mientras tanto, ¿estamos?
– Estamos pero dale, movete, a ver si se hace la noche y me dejan internado.
miércoles 24 de diciembre de 2008
DESPOJOS (novela corta, inédita) 66
66.
Una madrugada, no sabía exactamente de qué día, aprovechó uno de los escasos momentos de sobriedad de los últimos meses para bajar a la calle a comprar algunas cosas que necesitaba. Recurrió para ello a los ahorros que guardaba en el departamento y a una farmacia y un minimercado de estación de servicio, los únicos comercios en la zona que no cerraban durante la noche.
En la farmacia compró una serie de artículos para higiene personal –jabón, champú, desodorante, espuma y hojitas de afeitar–, y algunos medicamentos –un antiácido, un hepatoprotector, bicarbonato, analgésicos y somníferos–.
En el minimercado se abasteció de más alcohol: dos botellas de ginebra, dos de whisky y un par de vinos tintos. Aunque en los últimos tiempos casi no comía, lo que le había provocado un descenso de peso más que notable, compró varios paquetes de snacks salados y unos cuantos paquetes de verdura congelada.
Al salir del minimercado tomó una bolsa de hielo que ya había pagado de la heladera que estaba en la playa de la estación de servicio. Por fin volvería a beber algo frío, pensó con satisfacción mientras retornaba al departamento.
lunes 22 de diciembre de 2008
DESPOJOS (novela corta, inédita) 65
El teléfono, que había estado sonando de manera insoportable durante las últimas semanas, enmudeció de un día para otro. Adjudicó el silenciamiento a la falta de pago de las últimas facturas que había visto tiradas junto a la puerta.
Aunque nunca atendía, y no para filtrar las llamadas dado que no tenía contestador automático, cada llamado le imponía el desafío de suponer quién era la persona que estaba del otro lado de la línea. Podía tratarse de Barca intentando saber si aún sobrevivía, Sofía o alguien de parte de Sofía avisándole que había nacido su nieto, algún promotor de los que nunca faltan o alguna empresa de medición de rating televisivo. En cualquier caso el juego de las adivinanzas estaba concluido sin el estruendo que funcionaba como motivo.
Reparó en el hecho de que al corte telefónico sobrevendrían, por la misma razón, la interrupción de los servicios de luz y de gas. No así el del agua, pensó aliviado, cuyo suministro estaba garantizado por ley. Podría seguir bañándose, aunque ya no dispondría de hielo ni de televisión ni de radio.“Que se vayan a cagar, que se vayan todos a cagar”, repetía a los gritos mientras transitaba sin rumbo fijo a lo largo del pasillo, yendo y viniendo desde la puerta del dormitorio hasta la de la cocina con el vaso de whisky en la mano.